Presenciamos el cambio de milenio siendo niños aún, atormentados por las ideas apocalípticas de un mundo viejo que se desintegra, que decae, que se descompone como un animal herido en mitad del bosque negro, en mitad de un paraje calcinado. En tiempos donde los cuidados y redes de afectos cobran centralidad en el debate público y las violencias sistemáticas se abordan de manera interseccional, se abre camino una nueva era, un mundo nuevo. Aquí la transformación parece tener cabida, pero nunca acaba de brotar.